Doce

Mateo habitualmente sentía que lo que tenía por delante estaba rodeado de un película. Incluso el aire incoloro lo sentía como cubierto por una especie de papel mural. Era como si todo lo que viera, personas, paredes, construcciones, vehículos, calles, árboles, animales, absolutamente todo, estuviese recubierto una proyección que ocultaba su verdadera forma o su verdadero Ser.

Creció con esa sensación. Cuando era pequeño, era habitual verlo hacer un gesto con la mano, como si tratase de rasgar el aire. El recuerda haberlo hecho desde pequeño, muy pequeño. Un día, cuando tenía unos doce años y creía estar solo en su habitación, intentaba rasgar el aire, sin advertir que su madre lo estaba viendo, quieta y silenciosa, desde el vano de la puerta, que, torpemente, había dejado abierta. Cuando Mateo se percató de que era observado, enrojeció de vergüenza mientras su madre reía, ante la congoja infantil del niño. -Cuando eras un bebé hacías el mismo gesto, siempre me pregunté qué significaba-. Mateo no supo responder a esa pregunta y solo atinó a decir: -No lo sé-.

Ahora, siendo ya  un solitario adulto que había perdido a prácticamente toda su familia, hacía el gesto sin vergüenza. Alzaba su mano e intentaba rasgar el aire con sus uñas largas y afiladas. Le gustaba pensar que, si lo lograba, podría fugarse a otro mundo, uno que fuera de su agrado.

Un día, al despertar a eso de las once de la mañana, miró el foco situado en medio del cielo raso de su habitación, el que se encontraba desprovisto de todo tipo de adornos, como pantallas o plafones. Era un foco solitario, pero que se encontraba encendido ¡Nuevamente se había dormido sin apagar la luz!

Agradecía no tener que trabajar gracias a la herencia dejada por su madre, aunque, pensándolo mejor, tal vez no tenía nada que agradecer ¿Cuánto duraría el dinero? Esa comodidad ¿estaba sirviendo como acicate para su aislamiento? A decir verdad estaba cada vez más aislado porque ya no quería ver a sus amigos. A veces hablaba con Marcos, aunque sentía que este nunca le prestaba atención; los demás le resultaban aburridos y en, algunos casos, agresivos, era por esa razón que ya no quería ver a Alois, no toleraba su carisma, ese encanto que ejercía en todo aquel que lo escuchara hablar. Muchas veces vio cómo insultaba a alguien que solamente atinaba a encontrarle la razón y agradecerle sus denuestos. Nunca entendió cómo podía pasar aquello, aunque en él, de esto estaba seguro, no ejercía tal poder de convencimiento. Hubiera querido que así fuera, se sentiría menos solo, pero como no era el caso, siempre terminaba separado de los demás, que parecían seguir sus conversaciones al ritmo marcado por Alois, quien era, claramente el líder del grupo.

Mientras meditaba sobre lo anterior, siguió mirando el foco del techo de su habitación. Se veía tan solitario que alzó su mano derecha hacia este para alcanzarlo y, al hacer ese gesto, sus uñas, que estaban negras y emanaban un vaho oscuro y espeso, rasgaron el aire frente a él, dejando cinco líneas oscuras flotantes. Lo de flotantes es una forma de tratar de explicarlo, pues quedaron en medio del aire, suspendidas, carentes de cualquier soporte, pero más fijas que cualquier otra cosa. Al principio se sintió impactado, pero a la extrañeza se sobrepuso la curiosidad y rasgó nuevamente el aire, esta vez en dirección perpendicular a las primeras rajaduras; así se formó una especie de cruz de líneas delgadas y oscuras y cayeron al suelo algunos pedazos de ¿aire? Esos pedazos tenían formas cuadradas y más que aire parecían pedazos de pintura y del papel mural con a veces la gente decora las paredes. A través de esos huecos cuadrados, pudo atisbar algo de lo que había atrás: vio oscuridad, vapores, algunas luces y formas que no podía distinguir. Necesitaba ver más, así que introdujo los dedos de ambas manos, en uno los huecos y, con algo de esfuerzo, lo extendió hasta que pudiera pasar su cabeza por ahí. Cuando la introdujo por la abertura pudo ver lo que había del otro lado. Se sorprendió.

En primer lugar, todo lo que vio parecía estar sobrepuesto a la realidad o, tal vez, era al revés y la realidad era la que estaba sobrepuesta. Vio hacia el televisor de su habitación. Apagado se veía casi igual a lo que normalmente veía: un rectángulo con un vidrio oscuro; pero al encenderlo, su apariencia cambiaba sutilmente: seguía siendo un rectángulo, pero en lugar de emitir imágenes, parecía aspirar la luz a su alrededor. Debemos aclarar que el concepto de luz, aplicado a esta vista de las cosas, es una manera de llamar a algo que no es luz. La realidad vista como habitualmente lo hacemos, sea lo que fuese, se seguía viendo y en ella hay luz, pero la luz de esta otra vista de las cosas, no era propiamente luz, sino que se trataba de un cobertura de sustancia o materia que señalaba los objetos y permitía distinguirlos por características distintas a las que se perciben habitualmente. Así pudo entender que el aparato de televisión era una especie de máquina de absorción que se llevaba algo, especialmente de él. Después notaría que era así como las pantallas actuaban sobre las personas.

Acabó estirando más la abertura y, de esta forma, se introdujo por completo en ella. Entonces vio sus brazos: estaban llenos de escamas, que terminaban en puntas y que en su conjunto formaban una coraza. Fue hasta el baño y se miró en el espejo. Todo su cuerpo estaba cubierto de esas escamas, de sus puños podía sacar unos enormes aguijones con los que era capaz de expulsar una especie de líquido de colores. La fuente del líquido se encontraba en su cabeza, la que, en la parte del cráneo era transparente, por lo que podía ver el color del líquido, aunque no podría darle un nombre a ese color, ni siquiera por aproximación con otro, pues debemos recordar que estaba mirando las cosas a través de algo que no era realmente luz. Su rostro era lo más impresionante, era el rostro de una bestia, con enormes colmillos que destilaban veneno, un hocico alargado y ojos inyectados en furia. ¡Si, es cierto! La furia se podía ver. Su cuerpo entero estaba rodeado de un vapor oscuro que manaba de su hocico y de sus ojos. Ese vapor parecía marchitar las cosas vivas. Decidió salir a recorrer las calles.

La apariencia de los transeuntes, era extraña por decir lo menos. La gente, en esta vista de las cosas, era muy heteromorfa. Había cierta regularidad en algunas características, por ejemplo todos tenían algo que hacía las veces de rostro, pero nadie era igual a otra persona. No se trataba de las sutiles diferencias que se ven entre una cara y otra. Eran diferencias mayúsculas, vio gente con forma de nube, eran un vapor antropomorfo que podría ser moldeado o disipado por cualquiera, por eso le parecieron vulnerables; otros tenían formas semejantes a las de animales acuáticos, cangrejos con tenazas, pulpos, calamares, peces repugnantes. En particular los pulpos eran amenazantes, pues tenían la tendencia a tocar a todo el mundo con sus tentáculos, a veces las rodeaban con éstos, dejándolas atrapadas. Otras personas eran como almejas, cerradas y protegidas por un concha durísima, algunos parecían estrellas de mar. Otra gente parecía animales terrestres, especialmente insectos o reptiles. Vio gente semejante a escorpiones y otros que parecían lagartos que, literalmente, mordían a otras personas engulléndolas poco a poco. A uno de esos lagartos lo vio moverse con independencia de su cuerpo real. En la mayoría de la gente el cuerpo real se percibía por debajo de su otra forma e iban siempre juntos, pero en este caso, por un momento el lagarto se separó de su forma humana y fue a morder a una estrella de mar.

Decidió ir a visitar a su amigo Marcos, así que lo llamó. Este le dijo que se encontraba en casa de Alois, por lo que allá se dirigió.

La entrada de la enorme casa de Alois le pasmó, pues parecía un vórtice que se estaba chupando lo que había a su alrededor, aunque no era particularmente potente, pero guardaba cierta semejanza con el efecto que tenían las pantallas. Tocó el timbre y salió a abrirle Marcos, como si se tratase de un mayordomo. Le chocó verlo, pues había algo distinto en él, algo que no había visto en nadie más en el corto recorrido que llevaba viendo las cosas así: Marcos solo tenía su forma humana, no estaba la otra. La entrada de la casa le pareció espeluznante, pues parecía la guarida de un monstruo. Caminó por el vestíbulo y se dirigió directamente a la sala de estar, donde estaba Alois. Se trataba de la mayor monstruosidad, aparte de él mismo, que había visto en toda esta experiencia. Era un amasijo de largos y numerosos tentáculos enrollados y esparcidos por todo el suelo de la habitación.

Tan pronto como entró, los tentáculos reaccionaron atacándolo. Trataban de atraparlo rodeándolo y estrangulándolo. Sus escamas reaccionaron de inmediato, erizándose, creciendo en tamaño y volviéndose más afiladas, parecía una especie de erizo. Las uñas de sus manos se transformaron en garras y, con independencia de los movimientos de su cuerpo real, alzó sus manos transformadas en zarpas y cortó los tentáculos que lo rodeaban. Inmediatamente llegaron más, así que intentó separar su cuerpo monstruoso de su cuerpo real para llevar la batalla a otra zona. Lo logró y le pareció increíble poder ver dos cosas desde perspectivas distintas al mismo tiempo.

Desplazó a la bestia hasta la habitación de Alois, los tentáculos lo siguieron atacando con insistencia, pero, no obstante su enorme número, eran blandos para él, por lo que avanzar era tedioso, aunque no muy difícil.

Cuando llegó a la habitación de Alois, pudo ver tres cosas. La primera es que en ella guardaba, en esferas de cristal o algo semejante, a  otra gente en su forma de bestia, muchas eran vaporosas, pero otras parecían más resistentes, más fuertes, aunque lucían derrotadas. La segunda cosa que vio, es que, dentro de lo real de dicha habitación, Alois tenía un armario, oculto, con diversos objetos etiquetados con lo que parecían pruebas de cosas secretas, vergüenzas y pecados de otras personas, entre ellas había una foto de Marcos. Pudo verlo por el humo que desprendía y entendió que todas esas cosas había sido entregadas voluntariamente o por lo menos eso es lo que creían quienes lo habían hecho, creían confiar sinceramente en Alois. La tercera cosa, es que ahí estaba el núcleo de donde provenían todos los tentáculos. Pudo notar el temor de la criatura, que rápidamente creó un espeso muro de tentáculos a su alrededor, mientras con otros intentó sacar a Mateo de la habitación. En ese momento, mordió los tentáculos, inyectándoles su veneno, la mayoría de estos se marchitaron, perdiendo su fuerza y, así, quedó expuesto el núcleo del monstruo, el cual, cosa curiosa, no tenía rostro. Sacó su aguijón del puño derecho y lo clavó en el núcleo del engendro, el cual se tiño con los colores del líquido que provenía de su cabeza. Entonces los tentáculos dejaron de atacarlo y vio a Alois, en su forma real que se encontraba con él en la sala de estar, darse vuelta para saludarlo de la forma más amistosa posible.

Rápidamente la bestia volvió a donde estaba el Mateo real y éste, un tanto nervioso se excusó de quedarse pues dijo que le surgió una emergencia. Se fue del lugar pese a la insistencia de Alois y Marcos en que se quedara. Volvió raudo a su casa, entró a su habitación y se introdujo por la apertura que había abierto hacía unas horas. Volvió a ver solamente lo que era real, salvo por ese extraño agujero suspendido en el aire. Trató de cerrarlo lo mejor que pudo, tratando de unir sus extremos y de pegar los pedazos que estaban en el suelo, pero el lugar donde había abierto el velo de la realidad quedó arrugado, mal armado, parecía una cicatriz. Debería hacer las cosas de mejor forma la próxima vez. Entonces sonó su teléfono móvil. Era Alois quien lo llamaba, contestó parco:

-Aló-

-Aló- Dijo Alois con voz animada desde el otro lado- Me preguntaba si acaso te gustaría venir a un evento conmigo.

-No- Dijo Mateo.

-Ni siquiera sabes de qué se trata, es un evento en…-

-Sé de que se trata- Lo interrumpió Mateo. Era verdad, sabía de que se trataba. -Quiero pedirte otra cosa. Preséntame a Guillermo, antes coméntale mi idea, trata de convencerlo.-

-¡Oh! Eso… Está bien, lo llamaré de inmediato.- Dijo Alois.

Once: Las reglas del mal

Llegó a un cruce de caminos, en forma de T, que se encontraba apartado de la zona urbana. Se había preocupado de que fuera un lugar por donde no pasaba mucha gente y esperó, pacientemente, hasta media hora pasada la media noche. En ese momento, tomó la biblia que había llevado consigo y arrancó una de sus hojas, la leyó completa y la quemó. Con ese acto esperaba invocar al diablo con el objeto de hacer un pacto con él. Nada pasó, esperó unas tres horas más y nada pasó. Decepcionado por su fracaso, se subió a la motoneta en la que había llegado al lugar y se marchó a su casa. Supuso que un ritual sacado de una página de internet no sería muy confiable en cuanto a su efectividad.

Tardó unas dos horas en volver. Abrió la puerta, subió las escaleras tratando de no despertar a sus padres, se sacó la ropa y, agotado, se acostó en su cama y se quedó dormido. Esa noche soñó tanto que le pareció pasar décadas en el mismo sueño.

Lo que vio en sus sueños fue una charca hedionda de agua estancada. Era negra, sucia y cada tanto reventaban burbujas en su superficie, como si bajo ésta, viviese y respirase una criatura rastrera y repugnante. La charca le habló con palabras que se esparcían solo en aquellas partes hasta las que llegaban los efluvios venenosos que emanaba. Esas palabras, en sí, eran veneno.

Para la mayoría, la imagen descrita estaría a medio camino entre lo asqueroso y lo horrible, sin duda siniestra; pero a Juan no le parecía así. La putrefacción le resultaba atrayente y, sobre todas las cosas, esas palabras, cargadas de veneno, parecían contener verdad, una verdad tóxica y vergonzante, pero verdad al fin y al cabo.

La charca le preguntó: -¿Quieres sellar un pacto conmigo?- Juan no respondió de inmediato, en cambio replicó con otra pregunta: -¿Qué eres?¿Quién eres?-. Soy el que soy- respondió la charca. A Juan le pareció estar frente a una fuerza divina que excedía su comprensión y prefirió no preguntar más, en lugar de ello respondió a la pregunta inicial: -Sí, quiero sellar un pacto contigo-. Muy bien-le dijo aquella agua estancada -Debes saber que siempre has estado destinado a mí, desde siempre has sido mío, pero a partir de ahora deberás entregarte en cuerpo y alma a mis modos y a mis fines, estos sabrán recompensarte por tu fidelidad-. Luego Juan despertó. Era ya medio día del domingo. Miró al techo de su habitación pensativo, por un momento dudó de lo que creía haber hecho, pero rápidamente se despejaron sus dudas.

Prendió la televisión y estaban dando un violento programa de dibujos animados, no le prestó mayor atención. Luego vino un comercial de productos de limpieza para el hogar, no sabría decir cual marca, en verdad no era un tema que le importase; pero entonces la protagonista del aviso dijo: -Juan, Juan, escúchame, recuerda que siempre debes hacer aquello que te convenga, aunque perjudiques a otros, pero trata de que los otros, especialmente los perjudicados, no lo sepan. Es como con este producto de limpieza, la compañía que lo fabrica, ha contaminado con desechos químicos las aguas de lo que era un bonito lago en un país muy, muy pobre; aún así han pagado para que les den un sello, otorgad. por una confiable organización ecologista, que certifica lo amigable con el medio ambiente que son sus productos ¿Lo entiendes? Importa parecer no ser-. Entonces terminó el aviso comercial, pasando a otro que no tenía nada de especial.

Cuando retornó el violento programa de dibujos animados. Esta vez sí le presto atención, pues era bastante divertido. El mensaje era que todo se podía demostrar mediante la fuerza y quien ganase la batalla, gracias a su fuerza, probaría, como corolario de ésta, que la justicia estaba de su parte. Lógicamente en este programa los buenos, que representaban valores como el trabajo duro, el compañerismo y el autosacrificio, terminaban ganando, pues la justicia estaba de su parte. -¡Eso no es cierto!- pensó. Prendió su computadora, abrió el navegador y comenzó a navegar por una red social, básicamente estaba matando el tiempo. De pronto se fijó que en el navegador se había abierto una pestaña que no recordaba haber abierto. Se dirigió a esta. Era una página casi en blanco que sólo contenía la siguiente frase: -No es la justicia la que otorga fuerza, son los fuertes los que escriben la justicia-. Se quedó pensando la verdad de dicha afirmación, en el mundo real siempre ganan los buenos. Tal vez son buenos porque han ganado y al hacerlo han mancillado las intenciones de los derrotados, les han adjudicado otras que en realidad no tenían y los han culpado por desgracias y pesares que no podían haber causado. Recordó que una vez había leído algo parecido, que la historia las escriben los vencedores. Concluyó que, definitivamente, ganar es más importante que tener la razón o la justicia de tu parte.

Se levantó cuando lo llamaron a comer. Se dirigió a la mesa y comió callado sin cruzar palabra con sus padres. Su madre escribía sin parar en el teléfono móvil con una media sonrisa en su boca y su padre leía algo del trabajo.

Al terminar su comida, salió a caminar. Eso le agradaba mucho, sobre todo en los días nublados, como ese domingo. Caminaba sin rumbo determinado cambiando siempre la ruta que seguía. Prefería recorrer calles que no conocía, sobre todos callejones y pasajes estrechos rodeados por edificios viejos y de aspecto lúgubre.

Ese día, entró por un pasaje pavimentado con adoquines que había recorrido varias veces, pero en medio de éste, encontró una entrada a un callejón sin salida desconocido. Al fondo estaba un mendigo, durmiendo acurrucado en una frazada. Tenía un tarro para la limosna que estaba lleno de dinero. Seguramente había pedido en otro lugar y usaba ese callejón para esconderse y dormir. El hombre dormía profundamente y Juan se vio tentado a llevarse el dinero del tarro. -Hazlo- le dijo un pequeño gorrión que se posó sobre un cable eléctrico -llévate su dinero, nadie te esta viendo y el no despertará. -¿Quieres saber su historia?- le dijo el ave – No es limosna, trabajó por ese dinero lavando autos. Vive en la calle porque tiene un retraso mental leve y nadie de su familia quiere hacerse cargo, pues también son pobres. ¿Te importa eso?

-No- respondió Juan, tomo el tarro y se marchó con paso calmado. El hombre no despertó de inmediato. Al salir del callejón vio a un anciano borracho tirado en la calle con una botella en la mano -El gorrión voló por encima de su cabeza, se posó encima de una canaleta que servía para desaguar aguas lluvias y le dijo: -Deberías dejar el tarro junto al viejo borracho-. Juan asintió con la cabeza, sacó el dinero del tarro y lo puso en la mano libre del viejo. Prosiguió su camino.

Por la noche pudo ver en el noticiero que en un callejón de la ciudad se suscitó una pelea entre gente en situación de calle la que acabó con la muerte de uno de ellos -¡Juan!, acaso no te da remordimiento- le preguntó en conductor del noticiero mirándolo directamente desde la pantalla – No- le contestó Juan- Apagó la pantalla y se durmió.

Esa noche soñó con un cordero muerto que era devorado por un puma. Cuando el puma se percató de su presencia alzó la cabeza del cadáver de su presa, lo miró con ojos que refulgían como estrellas y, de su hocico ensangrentado, salieron las siguientes palabras: -Hoy has aprendido mucho, pero aún deberás aprender más.

Diez

Ahora las veía por todos lados. Las polillas revoloteaban en hordas que parecían responder a las veleidades de las corrientes de aire. A veces se arremolinaban y otras formaban ríos, ora rectos, ora serpentinos, en ocasiones delgados, como un arrollo tranquilo y otras, caudalosos como el más rabioso torrente.

Estaban por todas partes. Ella las llamaba polillas opacas. Eso parecían, aunque su opacidad era absoluta así que no podía distinguir más que los contornos de estas y, solamente, por contraste con lo que había alrededor. Pero, a estas alturas ¿Qué había alrededor?, solo piedras, de día se veía algo de la luz del sol y de noche, algunas estrellas y la luna.

Para ella, todo empezó poco después de su primer recuerdo. Debe haber tenido unos tres años y, antes, había estado llorando por algo, no podría decir qué.  Estaba sola en su habitación, sentada en el suelo alfombrado, con la cabeza metida entre las piernas y los brazos rodeando sus rodillas, de tal forma que veía directo a sus pies. Ya no lloraba y tenía encendida la luz de la lampara de su velador, pues era de noche y tenía miedo; además, afuera corría mucho viento y las ramas de los arbustos del jardín se agitaban golpeando el vidrio de la ventana. Pensándolo bien, tal vez tenía más de tres años. ¿Era ese su primer recuerdo? ¡Qué confusas son las memorias de la infancia! Como sea, veía directo a sus pies y entonces notó que, del empeine de su pie izquierdo, se levanto una especie de polilla opaca con alitas diminutas; debía tener menos de un centímetro de ancho y la vio volar por la habitación. En la zona de su pie, del lugar de donde brotó la opaca criaturita, quedó un diminuto agujero negro.

Desde entonces, cada cierto tiempo veía el mismo fenómeno, pero en diversos objetos o personas. Un día vio que desde la sien de su mamá se alzó una de estas pequeñas polillas y comenzó a dar girar alrededor de su cabeza, para luego marcharse con rumbo desconocido. Otro día, del ojo izquierdo de su papá emergió una polilla que voló en línea recta y se posó sobre el lomo de su gato, estuvo ahí un rato y luego salió con una compañera que se desprendió de la espalda del felino, mientras este se estiraba arqueandola. Le parecía un poco repulsivo el aspecto que adquirió el ojo de su papá, pues quedó con una mancha oscura en medio del iris la que debía haberlo dejado ciego, pero esto, parecía no afectarlo.

Y, así pasaron los años. Cuando llegó a su adolescencia todo lo que veía había adquirido un aspecto agrietado y decadente. Volaban polillas por todos lados, aunque en moderada cantidad. Fue en esa época cuando vio la cabeza de su profesor de religión desaparecer en un brote repentino de todo un enjambre de polillas. Eso le pareció insólito, pues en el resto de las cosas o de las personas, solo veía grietas que se esparcían como las que se ven en una pared, pero en el caso de la cabeza de su profesor, esta había sido atacada con particular fuerza y desapareció por completo, dejando una mancha oscura, opaca como las polillas, en su lugar. Aún podía escuchar su voz, pero ya no veía su boca, su nariz, sus ojos, el color de su pelo, nada. No sería la última vez que vería tal cosa.

De esta forma, de modo persistente, el tiempo iba pasando y ella lo notaba por el aumento lento, pero sostenido, de las grietas, las sombras y las polillas. Al llegar al final de la veintena, el mundo estaba lleno de gente con medio rostro, con increíbles ramificaciones negras que cruzaban todo su cuerpo, sus ropas, se veía en el suelo, en los edificios, en los animales, en los árboles, en las bancas de las plazas, en los niños y sus juguetes, en fin, estaban por todas partes. Las polillas, formaban hordas que parecían nubes que tapaban la luz. Ella también era afectada en ocasiones, pero había desarrollado estrategias para evitar que emergieran desde su cuerpo. En general bastaba con envolver la zona que estaba siendo afectada con vendas y en unas horas las polillas dejarían de insistir en salir y su cuerpo quedaría intacto.

Entonces, la gente y las sombras remanentes que pasaban por gente, comenzaron a tratarla como loca, debido a su insistencia en andar vendada casi todo el tiempo. Su padre sombra y su madre medio sombra lloraron cuando un doctor sombra la declaró loca. Era la culminación de una serie de inconvenientes que habían comenzado cuando al inicio de su prometedora carrera universitaria, tuvo que dejarla, pues se le hizo imposible estudiar. Los libros que debía leer estaban llenos de espacios vacíos, machas negras que le impidieron completar el sentido de las oraciones. Así que, al final de la veintena, decidieron internarla.

No fue una mala época, el sanatorio para enajenados donde la internaron era grato, pues había amplios jardines donde podía pasear y, en general, estaba poco afectado por la decadencia. Los demás internos, tenían la particularidad de tener grietas en el cuerpo, pero no en la cabeza; por el contrario, había visto que en ocasiones se posaban mariposas multicolores sobre sus cabezas o que estas, brotaban desde sus ojos y sus bocas. Ahí no habían muchas polillas opacas.

No obstante, otra cosa pasaba con los doctores, ellos eran sombras absolutas, e incluso una vez le tocó ver como dos de ellos se fusionaron en una sola monstruosa entidad la que parecía devorar la luz que la tocaba.

Pero pasaron más años y la casa para enajenados mentales que se había convertido en su último refugio, también fue invadida por la decadencia. Los otros internos acabaron devorados y ella tenía problemas para conseguir vendas, así que usaba sabanas y retazos de tela para cubrirse. Sólo debía apretarlas muy bien contra su piel y mojarlas un poco.

Pero un día, todo alcanzó un punto insostenible, pues no había otra cosa que sombras y polillas.  Así que, volviendo al presente, en vista de la magnitud del fenómeno, decidió rendirse, abandonó sus vendas y se dejó consumir por la oscuridad y la decadencia.

Nueve

Ella tenía el pelo rojo y a él le parecía como hecho de fuego. Cuando le daba el viento ondulaba de forma que sus mechones parecían llamaradas.

A él le tocaba verla frecuentemente, pues atendía la tienda en la que acostumbraba comprar cosas luego de salir del trabajo: bebidas, golosinas, algo de pan. Se trataba de un minimercado que formaba parte de una cadena. Muchas veces lo atendió.

Al principio no reparaba en ella. La primera vez que se percató de su rostro le llamó la atención lo bonito que era. Estaba bien formado, era ovalado y regular en sus facciones, tenía los ojos grades y te un tono marrón tendiente a verse rojizos cuando les daba la luz. Lógicamente esto no lo supo la primera vez que lo vio, lo supo después cuando llegó a conocer todos los detalles de éste a fuerza de la obsesión que invadió su mente.

Como dije, en un principio no tenía una fijación especial en ella y esto fue así hasta que comenzaron los sueños. Soñaba casi todas las noches con ella, aunque rara vez recordaba los detalles de estos; solo tenía la sensación, vaga en todos sus aspectos, de que ella estaba ahí, de que la conocía, de que tenían una especie de relación aunque no sabía de que tipo.

La veía sin su uniforme de trabajo, vestida con ropas casuales, propias de los usos de una mujer de su edad -debía andar por la mitad de la veintena-. Generalmente era así, hablaban en esos sueños, pero nunca recordaba de qué temas. Aparecía en ambientes cotidianos, como una calle, imposible de reconocer debido a la vaguedad de sus detalles. En sus sueños todo se veía plagado de una luz azulada, un poco gris. No obstante, su cabello rojo destacaba, como si se tratase de fuego e incluso, en ocasiones sus ojos parecían emanar una luz ígnea.

Estos sueños, como dije, se repetían noche tras noche, hecho que lo perturbaba sobre manera, pues hubiera deseado no tener tal fijación onírica. Esta le era, en todo sentido involuntaria. En la práctica, fuera del trato comercial propio de su relación de cliente y dependienta de una tienda de abarrotes, jamás cruzó palabra con ella. Evitaba en forma consciente, incluso obstinada, mirarla al rostro y menos hacer contacto visual, además acortaba lo más posible sus idas a la tienda. Lo único que si se le podía reprochar es que insistiera en comprar ahí. 

Un día bajó en medio de su jornada de trabajo para comprar una bebida enlatada, una gaseosa común y corriente. Era un caluroso día de verano y tenía sed. Entró a la tienda y se dirigió directamente a la máquina donde se encontraban las gaseosas, eligió la de su gusto y se aproximó a la caja para pagar. Ahí estaba ella, pero en esta ocasión era diferente; su cabellera ondeaba, como si lo moviese un viento que no podía presentarse en un espacio cerrado, así que le pareció que se estaba manifestando en éste la veleidad de la llamas, las que tienen por costumbre contonearse en una especie de danza ancestral. Además brillaba, no con un brillo cegador, pero sin duda manaba una luz de ella.

Tal visión lo consternó y tardó más que de costumbre en reaccionar y presentar el producto que pretendía comprar y el método de pago que usaría. Ante esta tardanza, la chica alzó su mirada y la clavó directo en los ojos de él; quedó petrificado como si la mismísima medusa lo hubiese maldecido con su mirada. Ella, en principio, pareció que le preguntaría lo de rigor: -¿Qué va a llevar?-, pero se detuvo un instante, levemente consternada, para luego con el más absoluto desparpajo decirle: -¡Que curioso!, estoy segura de que anoche soñé contigo-.

Heinrich sintió un miedo imposible de medir. Pudo ver como de ella manaba una luz poderosa, sobre todo de sus ojos y de su cabello, una luz paralizante. Tenía un miedo atávico que agitaba su corazón y bloqueaba todos sus músculos, pese a que deseaba salir corriendo de la tienda. Aquella mujer lo había hechizado, lo había maldecido y ella lo sabía, ¿Cómo podía quitar la macula que había dejado esa criatura profana sobre él?

Deseó que ardiera en castigo a su osadía, como otrora se hiciera con todas las de su ralea.

Ocho

En el principio Dios se creo a sí mismo a imagen y semejanza del hombre, lo que es un poco curioso pues, como veremos más adelante, luego creo al hombre.

Luego creo un espacio vacío y lo medio llenó de materia e hizo que esta se atrajera mutuamente de tal manera que fue ordenándose en cúmulos de polvo y luego de esferas cada vez más compactas.

Como vio que sólo había tinieblas y necesitaba ver lo que estaba haciendo, encendió los montones de materia más grandes y hubo luz. Con eso tuvo una idea más precisa de lo que pasaba y le pareció bonito, así que con ese criterio estético en vista dirigió su omnipotente voluntad a mayores riesgos decorativos. Dejó que se juntarán por millones las bolas incandescentes de luz, para lo que dispuso grandes concentraciones de materia, tan compactas que no dejaban escapar ni siquiera la luz que le era tan preciada. Estas concentraciones dejaron girando a su alrededor a las bolas brillantes, ello a causa de la regla de atracción que dispuso en un principio. Así formó las galaxias.

Se preguntó ¿qué reglas le había dado a la Luz que creo? o ¿acaso solo surgió? Supuso que eso de crear cosas se le daba naturalmente, debía de tener una especie de don.

Dispuso esferas opacas alrededor de las brillantes y calientes, pero algunas se le mojaron y rápidamente comenzaron a decaer, pues les creció algo por encima. Era como una especie de infestación obstinada, a más no poder, en contaminar con suciedad, sus bonitas esferas opacas. Varias veces trató de eliminarlas, pero volvía a aparecer.

Finalmente se rindió pues, a pesar de sus esfuerzos, nada podía hacer contra la mugre, así que se fue a descansar.

En su largo sueño, soñó con criaturas semejantes a él, a las que, al parecer, creo involuntariamente. Ellos lo llamaron Dios y le pedían guía y auxilio. Como estaba dormido nada hacía y era bueno para ellos, pues de haber estado despierto los habría destruido. Parecían creer que lo bueno del universo derivaba de lo que era beneficioso para sus necesidades como grupo o como individuos, idea que, ciertamente, le resultaba absurda, incluso jocosa. A él, lo único que le importaba es que su universo se viera como quería que se viera, no que fuera grato para las alimañas que lo contaminaban.

Los suplicantes seres que imploraban gracias a Dios, eran realmente bienaventurados, ya que tenían dormido a un Dios voluntarioso, por lo que no estaban sujetos a los antojos de éste y, gracias a ello, podían confiar en la invariabilidad de las leyes con las que dio orden a su universo. No obstante, eso no era suficiente, pues sus suplicas escondían su profano deseo de ser ellos mismos dioses y dar forma al mundo conforme a su capricho. En eso eran semejantes a su creador.

Siete: Ictus

A eso de las once de la noche, recién salía de la oficina para ir a su casa. Había sido un día de trabajo arduo, por lo que se quedó un poco más tarde de lo habitual terminando informes atrasados. No obstante, no era el último en irse, pues en esa oficina se trabajaba mucho.

Tal vez, por esa razón había caído en un consumo moderado de estimulantes, generalmente anfetaminas. En sus tiempos de estudiante había usado Modafinilo, para luego pasarse a cosas más estimulantes. Antes había tenido escarceos con drogas ilícitas, principalmente en fiestas. Al principio, en su adolescencia, consumió marihuana, en su etapa universitaria algunos alucinógenos y, cuando recién se tituló, probó la cocaína y el éxtasis, pues ya trabajaba, tenía algo de dinero y se hizo asiduo a la vida nocturna.

Pero, a esta altura de su vida, ya se había establecido; estaba casado y tenía una familia de la que preocuparse, por eso lo que más le importaba era trabajar y producir. Así que, mucho café, bebidas energéticas, dos pastillas azules de anfetaminas y clonazepam por la noche eran parte de su dieta diaria. Así las veía, como si se tratase de suplementos vitamínicos que tenían un considerable efecto, pues estaba seguro de que por el hecho de tomarlos, podía trabajar más y mejor. Gracias a su productividad mejoraría y ascendería posiciones en la empresa, con lo que ganaría más para su familia y para él.

Salió de la oficina, tomó el ascensor hasta el segundo subterráneo donde estaba estacionado su auto. Dentro de la cabina comenzó a sentir un sonido, una especie de pito en el oído derecho. Era incesante y rápidamente estaba subiendo de volumen. Está claro que no es raro sentir estos sonidos, pero éste tenía una naturaleza especial ¡Era muy intenso! tanto que lo hizo perder el equilibrio, por lo que tuvo que afirmarse de la barra de seguridad.

Cuando llegó a su piso, justo antes de que se abrieran las puertas, sintió un dolor inmenso en el lado derecho de su cabeza, como si hubiesen derramado ácido al interior de su cráneo. El dolor, pronto se irradió por todas las partes de su cabeza, aunque aún podía distinguir la zona del estallido original. ¡Jamás había sentido mayor dolor! No lo dejaba pensar con claridad y era tan inmenso que no podía hacer otra cosa que ignorarlo.

Quiso pedir ayuda, pero no pudo articular palabras, pues el dolor se tornaba en correas que oprimía su boca, como si de un bozal se tratase.

La puerta ya estaba abierta y él quería salir, pero estaba terriblemente mareado y todo lo que veía, tanto el suelo como las paredes y el techo, le parecía ser un mar de olas agitadas.

Entonces hizo acopio de valor, adelantó un pie y soltó la barra de seguridad. Su aplomo de nada sirvió, pues en una fracción de segundo el suelo se acercó a su cara y que éste, pese al aspecto líquido con que lo percibía, no había perdido su dureza.

No podría decir que sintió el impacto de la caída, pues el dolor de cabeza que sentía ocultaba, tras su inmensidad, cualquier otra sensación. Si se percató, de que había caído de tal forma que la mitad de su cuerpo quedó dentro del ascensor y la otra mitad afuera, así que la puerta de este persistía obstinada en intentar cerrarse pese al obstáculo que le imponía su humanidad inmóvil.

Estaba en esta situación, desesperante. Quería gritar para pedir ayuda, pero no podía. Le salía sangre de la boca y se le había roto un incisivo. Entendió que él estaba trabando el movimiento del ascensor, que éste era el único de los dos ascensores que llegaba al segundo subterráneo y que, por la hora, las posibilidades de que alguien llegara a auxiliarlo eran casi nulas, pues el personal de aseo hacía mucho rato que se había marchado.

Entonces, tras un tiempo, cuya duración no podía determinar, el dolor pareció amainar, su entorno se volvió oscuro y el pitido, que no había dejado de escuchar, comenzó a transformarse en un sonido rítmico, que lentamente se volvía distinguible.

Comenzó a escuchar lo que le parecía eran palabras. Estas, conforme menos dolor sentía, más claras se volvían. No eran palabras de nuestro idioma, por un momento le parecieron palabras mágicas y cayó en cuenta de que se trataba de latín. Eran versos en latín.

Los versos tenía un ritmo muy notorio pues cada vez que, quien los recitaba, daba un golpe de pié contra el suelo elevaba su voz en una única sílaba. Así estos versos se recitaban en perfecta sincronía con los pasos rítmicos de un hombre que se acercaba a él. Trató de alzar la mirada y vio unas sandalias hechas con correas de cuero que estaban amarradas hasta un poco más arriba de los tobillos. Pronto las tuvo frente a sus ojos y escuchó con claridad lo que el poeta le dijo:

Juste judex ultionis,

Donum fac remissionis

Ante diem rationis.

(Justo Juez de la Venganza,

Concédeme el regalo del perdón

Antes del día del juicio final)

Seis

Amapola seguía al viejo gigante de la literatura a todas partes, aunque no se lo pidiera. Se había convertido en amanuense de Juan Leihen hace dos años. Su labor consistía en tomar nota de lo que le dictaba todas las noches, pues, por su edad y peculiaridades de carácter no podía hacerlo con su bien conocida letra manuscrita, tal y como había hecho por más de cuarenta años. Bajo ninguna condición se rebajaría a teclear sus increíbles narraciones en un computador, pues para él, la letra manuscrita tenía magia y poder. Es por eso que Amapola fue seleccionada entre más de quinientos candidatos, pues su admiración al viejo llegaba a tales niveles que aprendió a imitar su letra a la perfección, hasta tal punto que la hizo suya. Absolutamente todas las características eran coincidentes, de tal forma que ni el más minucioso perito grafólogo podría distinguirlas.

Obviamente se sentía orgullosa de tal logro. Ella pertenecía a esa generación, que había nacido después de darse a conocer en todo el mundo las obras de Leihen; era de aquellos que leyeron sus historias en sus etapas formativas, de tal forma que no cabía en su mente cuestionamiento alguno a la genialidad del veterano escritor.

Pero eso no era así en aquellos que vivieron la irrupción de Leihen en el mundo de la literatura cuando sus mentes ya estaban formadas.

¿Qué pasaba? Se trata de un fenómeno complejo de entender, como el conjunto mismo de sus obras. No es que estas generasen polémica porque se atreviesen a tocar temas que eran un tabú. No, este señor no atacaba a Dios, ni al de su cultura ni al de otras culturas, no trataba de manera impúdica transgresiones sexuales, no hablaba de la muerte, ni del amor ilícito, este señor hablaba de otras cosas. Ese era el problema, esas otras cosas no cabían en la mente de la mayoría de la gente.

Pero, para Amapola y muchos otros como ella, lo que Leihen hacía era explorar posibilidades nuevas. No obstante ¿Podían ser tan nuevas esas posibilidades?

A decir verdad, las rarezas de su literatura eran tantas, que para la mayoría de los estudiosos y críticos, sus obras no podían estar hablando sobre seres humanos ni aspiraciones humanas, sobre las luchas de la gente y su cultura, en general muchos pensaban que sus libros trataban de nada. Así, aunque los personajes fueran descritos como personas y los lugares como ambientes humanos, sea ciudades o pueblos, esas cualidades se percibían como un encantamiento que cubría de glamour algo de naturaleza diversa. Claro está, por esa razón Leihen era despreciado por la mitad o más de los críticos, estudiosos y escritores a quienes su irrupción en el mundo de las letras tomó por sorpresa. Lo atacaron por ser extravagante, ininteligible y absurdo, pero todas esas críticas eran injustas pues, como sabía muy bien Amapola y toda la gente joven, quienes elevaban a la categoría de obra maestra todo aquello que escribiera, sus novelas tenían una estructura coherente, eran estrictamente lineales en cuanto a su desarrollo temporal, tenía un comienzo, un desarrollo y un desenlace. Cosa distinta era preguntarse si acaso era posible que alguien tuviese una personalidad como la de Robert Wallace, protagonista de la novela Cad o si podía existir un lugar como el Jardín de la Rosas Comunes, descrito en la novela homónima. Eso solo por poner dos ejemplos.

Es usual, al estudiar la obra de un autor, el tratar de ubicar o descifrar las fuentes de este, las conexiones que guarda con autores anteriores, con temas propios de otras narraciones o mitos humanos en última instancia. Algunos, perplejos, planteaban que Leihen había escarbado en lo profundo del inconsciente colectivo logrando desenterrar los arquetipos primigenios del ser humano, aquellos que existían aun antes de que nuestra especie existiera siquiera. Pero eso parecía un respuesta simplista.

Se sabía del viejo que no leía absolutamente nada de otros escritores ya que solo conocía aquellos textos que tuvo que leer en su etapa de formación escolar. No era el caso de una negativa obstinada a mencionar obras por casi todos conocidas. El tipo en verdad no las conocía. Tampoco veía televisión, ni películas; en general se mantenía alejado de todo lo que pudiera ser calificado como una influencia cultural. Habitaba una gran casa enclavada en la montaña, sólida como una fortaleza, pero espartana en cuanto a sus comodidades. Era tan inaccesible que solo era posible llegar en helicóptero. Bebía el agua que sacaba de un arrollo cercano, se calentaba con leña, tenía unos cuantos animales, cabras especialmente, de las que aprovechaba su leche y el resto de sus víveres los recibía una vez cada dos semanas y le eran llevados en helicóptero. Ese mismo helicóptero llevaba a la civilización lo que hubiese escrito en esas dos semanas, siempre con instrucciones precisas de como debía ser publicado.

Al alcanzar los ochenta y cinco años de edad, al viejo se le hizo difícil mantener su vida solitaria, así que ahí tenemos la razón de la llegada de Amapola a la casa de la montaña.  Ella, si bien admiraba todo lo que escribía Leihen, antes de llegar sentía un miedo absoluto de estar en presencia de una persona que se había aislado de tal manera. Iba dispuesta a anularse, pensando que el viejo no le permitiría hablar y le pondría reglas estrictas en cuanto a su proceder. No fue así. Se trataba de una persona muy amable, que estuvo siempre feliz de conversar con ella y de escucharla cuando no estaban trabajando. La casa estaba llena de libros, lo que sorprendió a Amapola, pero pronto entendió que se trataba de regalos que le fueron hechos por colegas escritores, los que, en muchos casos ni siquiera habían sido abiertos una sola vez, como demostraba la pulcritud de estos y que muchos, estuviesen sellados en plástico. Solo un libro era consultado permanentemente, se trataba del Diccionario de Real Academia de la Lengua Española, en su 23ª Edición. Una edición de más de cien años. Eso explicaba su frecuente uso de Arcaísmos. Al viejo le gustaba jugar al solitario con una vieja baraja de naipes. En cierto modo, era una persona tan simple que nuestra heroína alcanzó la certera convicción de que debía tener una fuente para sus historias. Además eso quedaba en evidencia por la costumbre que tenía el anciano de bajar al sótano de la casa todos los días a la misma hora portando una vela y un encendedor, para volver al cabo de dos horas y comenzar, en forma casi inmediata, a dictar lo que había que escribir.

¡En ese sótano debía estar el secreto! Imaginó libros encuadernados en cuero de animales extintos, de miles de años de antigüedad o cientos de miles, imaginó una brecha abierta que le permitía ver o incluso cruzar a otro mundo. Imaginó criaturas inconcebibles de materia anormal que se materializaban frente al viejo y le decían que escribir. En fin, se dejó llevar por su imaginación, pero nada podía hacer, la puerta era de acero, impenetrable, no parecía tener cerradura y abrirla requería la lectura de la retina del viejo, así como una gota de su sangre para identificación de ADN. ¡Era increíble! en esa casa no había instalaciones eléctricas más que ese mecanismo de seguridad y, posiblemente, un panel solar camuflado que le proveía la energía. Estaba claro que ahí se ocultaba algo.

No obstante, tenía tiempo libre y quiso dedicarse a leer los abundantes libros sin abrir. Le fue imposible, solo lo que escribía Leihen le era interesante; así que leyó y releyó la obra de éste unas dos veces, ello pese a la abundancia de lo escrito, pues en cuarenta años nunca había dejado de escribir a un ritmo de unas diez páginas diarias, de su letra manuscrita, es decir algo así como ciento cuarenta y seis mil hojas de cuaderno, que posteriormente fueron editadas en un total, hasta la fecha, de ciento treinta y cinco novelas. Amapola era una lectora veloz y contaba con por lo menos siete horas diarias para leer cada día, de tal forma que, como dijimos, en dos años leyó dos veces la obra de su autor favorito, ello sin contar lo leído con anterioridad.

Un día vio a Leihen dirigirse a la puerta del sótano, abrirla, encender su vela y comenzar a bajar la escalera. Esta vez dejó la puerta abierta. Su corazón se agitó, pues por fin sabría que se ocultaba en el sótano. Justo antes de descender por las escaleras, aprovecho de recapitular las locas ideas que tenía sobre lo que encontraría, se deleitó en ello no más de dos minutos y bajó. Tenía claro que el viejo escritor no se había equivocado en su rutina, sino que la estaba invitando a bajar. Honrada por tal invitación bajó por la prosaica escalera de madera, se trataba de no más de doce escalones que llevaban a un sótano oscuro, bastante amplio, aunque el techo no era muy alto. Al descender del último escalón, delante de ella estaba Leihen, sentado en una silla de fierro y madera aglomerada con una mesilla en frente, también de fierro y madera aglomerada, como las que se usan en las salas de clase de las escuelas. Tenía, puesta sobre la mesa, una botella en la que sostenía la vela encendida, fuera de eso, no había otra fuente de luz, pues la puerta se había cerrado luego de la entrada de Amapola. Dicha circunstancia la inquieto levemente, pero llevaba ya dos años viviendo con él y ¿qué le podría hacer ahora?; por lo demás, a sus ochenta y siete años estaba claro que era ella quien tenía la ventaja de la fuerza física.

Dio cuatro pasos y se puso detrás del viejo, recién ahí notó que este miraba un pequeño espejo de maquillaje, que sostenía con su mano derecha justo frente a su rostro y con la vela iluminando desde abajo, de tal forma que su imagen se deformaba de la misma forma en que hacen los niños con una linterna cuando quieren contar historias de terror por la noche. Fuera de eso no había nada. Estaba realmente decepcionada.

De pronto Leihen, muy serio, le habló: -ven niña, y dime, ¿conoces mi obra?-, a lo que Amapola respondió: -claro que sí, la he leído entera unas tres veces-. El viejo replicó: -¿Conoces mi letra? -Claro que sí- dijo Amapola, -por eso llegué acá, porque la hice propia-. Entonces el viejo se paró de la silla, le pasó el espejo a Amapola y le dijo -Toma asiento y haz lo que me viste hacer-. Amapola tomó asiento, alzó el espejo apuntando a su rostro y con la vela al frente miró su reflejo. No podía creer lo que vio.